La tierra de dos pueblos

By noviembre 6, 2026 Destacados, Jadashot artículos

Por Peleg Lewi.
Embajador de Israel en Chile.

Contra el mito del “robo original”

Una de las ideas más repetidas en el debate sobre Medio Oriente sostiene que Israel nació de un despojo: un pueblo extranjero llegó a una tierra ajena y la tomó.  Si eso fuera cierto, todo lo que Israel hace sería ilegítimo por definición. Por eso conviene examinar los hechos.

 

Hay una presencia judía continua en la tierra de Israel desde hace unos tres mil años. Allí se escribieron la Biblia y la Mishná, allí hubo reinos judíos, y tras la derrota de la rebelión de Bar Kojba, en el año 135, los romanos rebautizaron la provincia como Syria Palaestina para borrar el vínculo judío con ella.  Los judíos nunca dejaron de rezar mirando hacia Jerusalén, ni de vivir en Safed, Tiberíades, Hebrón o Jerusalén a lo largo de los siglos. El sionismo no inventó ese lazo: lo convirtió en proyecto político.

 

Ese proyecto fue reconocido por el derecho internacional de su época. La Declaración Balfour de 1917 y el Mandato de la Sociedad de Naciones de 1922 reconocieron expresamente la «conexión histórica» del pueblo judío con la tierra. Los pioneros adquirieron terrenos mediante compra, muchas veces a propietarios ausentes, y fundaron aldeas, hospitales, universidades e instituciones. Y el Estado no nació de la Shoah: el movimiento nacional judío existía desde 1897. Cuando más urgente era la salida para los judíos de Europa, el Libro Blanco británico de 1939 les cerró las puertas de Palestina.

 

Es cierto que, mucho antes de 1948, vivía allí una población árabe numerosa, con aldeas, ciudades y una cultura propia. Negarlo sería tan falso como negar la historia judía. Su identidad nacional específica se afirmó sobre todo durante el Mandato y se consolidó con el conflicto, como reconocen incluso historiadores palestinos. En 1919, el Congreso Sirio General incluyó a Palestina en la «Siria meridional», y hasta los años treinta predominó el horizonte panárabe. También es verdad que, durante el Mandato, «palestino» designaba a menudo a los judíos: el Palestine Post y la Orquesta Filarmónica de Palestina eran instituciones judías.

 

Pero el hecho decisivo es otro: dos pueblos reclamaban la misma tierra, y la comunidad internacional propuso dividirla. Lo hizo en 1937 con la Comisión Peel y en 1947 con la resolución 181 de la ONU. El liderazgo judío aceptó ambos planes, y el liderazgo árabe y los Estados vecinos los rechazaron, y en 1948 lo hicieron por las armas. De esa guerra nacieron dos tragedias: los refugiados palestinos y unos 850.000 judíos expulsados o forzados a huir de países árabes, la mayoría de los cuales fue absorbida por Israel.

 

La conclusión no exige negar la existencia ni los derechos del pueblo palestino. Exige algo más difícil: aceptar que en esa tierra hay dos pueblos con vínculos históricos genuinos, y que ninguno es un intruso. Quien reduce a Israel a una empresa colonial borra tres mil años de historia judía. La paz solo será posible cuando cada pueblo reconozca que el otro también pertenece a esa tierra.