
Por Jennifer Salvo
La promesa de una solución rápida a nuestros problemas históricos es siempre tentadora. Acostumbrados a correr desde atrás en la carrera del desarrollo global, no es raro que veamos en cada nueva revolución tecnológica una especie de tren bala que, esta vez sí, nos dejará en la estación del primer mundo. El reciente informe del Banco Mundial, La Promesa de la Inteligencia Artificial, parece querer vender ese boleto exacto: los países en desarrollo aseguran, tienen más que ganar y menos que perder con la IA que las naciones ricas.
La lógica que presenta Indermit Gill, economista jefe del organismo, tiene sentido sobre el papel. Mientras que en el norte global más de un tercio de los empleos tiemblan ante la automatización, en nuestras latitudes el porcentaje de trabajos en riesgo directo no llega al 10%. Aquí seguimos dependiendo en gran medida del esfuerzo físico y la labor manual. Según el banco, esto nos pone en una posición privilegiada donde la IA no viene a reemplazar, sino a complementar y potenciar casi a un 16% de nuestros trabajadores.
Es un alivio leer que la inteligencia artificial podría actuar como un acelerador, haciendo en diez años lo que de otra forma tomaría un siglo. La idea de democratizar el conocimiento experto, llevándolo al teléfono de millones de pequeños comerciantes o agricultores, es genuinamente potente. El problema, como siempre, no está en la herramienta, sino en el terreno donde pretendemos plantarla. La tecnología es el techo brillante de una casa moderna; el dilema es que nosotros todavía tenemos goteras y cimientos de barro.
El entusiasmo de los organismos internacionales a menudo peca de una cierta ingenuidad estructural. Hablan de integrar inteligencia artificial en los procesos diarios, pero pasan por alto que, para que un algoritmo procese datos en la nube, primero se necesita un enchufe que tenga corriente continua. Antes de soñar con redes neuronales complejas, necesitamos redes eléctricas que no se caigan con la primera lluvia de la temporada y acceso a un internet que deje de ser un privilegio de las capitales urbanas.
Hay otro aspecto crítico que el informe menciona pero que requiere mucha más atención: la soberanía tecnológica. Hoy, los cerebros que piensan por estas máquinas, los centros de datos que las alimentan y los chips que les dan vida están controlados por un puñado de corporaciones en el norte global. Si nos limitamos a ser simples consumidores pasivos de tecnología extranjera, estamos cambiando una vieja dependencia económica por una nueva forma de subordinación digital. Herramientas como ChatGPT ni siquiera están capacitadas en la inmensa mayoría de las lenguas locales de continentes como África, lo que demuestra el sesgo de origen y la brecha de acceso real.
Además, hay un costo social inmediato que no podemos barrer bajo la alfombra. Aunque el riesgo general de pérdida de empleo sea menor en porcentaje, la IA amenaza directamente a los trabajos que históricamente han servido de trampolín hacia la clase media en nuestras economías: los centros de llamadas (call centers), el soporte técnico básico y los puestos iniciales en finanzas y servicios. Cerrar esa puerta de entrada al empleo formal, sin tener claro cuál será la alternativa, representa un riesgo social considerable.
El camino no es rechazar la tecnología ni caer en un rechazo absurdo. Ejemplos concretos, como el uso de IA en WhatsApp para asesorar pequeños negocios en Kenia, o para ayudar a los tribunales a descongestionar miles de casos atrasados, demuestran que las soluciones prácticas a pequeña escala funcionan y generan valor real. Del mismo modo, en Sierra Leona hay docentes usando estas herramientas para adaptar clases a las necesidades individuales de sus alumnos. El desafío real no es comprar la tecnología más cara o compleja que el presupuesto permita, sino adaptar estas herramientas a nuestras propias realidades, idiomas y necesidades cotidianas.
La inteligencia artificial no es un atajo mágico que nos vaya a eximir de hacer el trabajo duro. Al contrario, nos exige con más urgencia poner la casa en orden. Invertir en educación de calidad, en infraestructura básica y en capacidades locales ya no es solo una recomendación tradicional para el desarrollo; es el peaje indispensable para no quedar marginados en esta nueva era. Si no hacemos esa tarea fundamental, este tren bala simplemente pasará de largo, dejándonos una vez más esperando en el andén.