
Por Jennifer Salvo
Vivimos en una ilusión de tangibilidad. Encendemos el interruptor y la luz se hace; abrimos la llave y fluye agua potable; llegamos al puerto y los contenedores se mueven con la precisión de un reloj suizo. Damos por sentado que el mundo físico funciona porque lo vemos y lo habitamos. Sin embargo, detrás de cada uno de esos gestos cotidianos existe una compleja, silenciosa e invisible filigrana de código digital. Si esa red falla, el mundo real no solo se detiene: se desmorona.
Durante décadas, la ciberseguridad fue tratada como un tema menor, confinado a los sótanos del departamento de TI, reducido a cambiar contraseñas o instalar un antivirus. Hoy, esa visión resulta no solo obsoleta, sino profundamente peligrosa. La ciberseguridad ha dejado de ser un asunto técnico para convertirse en la columna vertebral de la continuidad del negocio y en el corazón mismo de la seguridad nacional.
Este cambio de paradigma coincide con la irrupción de una fuerza transformadora: la Inteligencia Artificial. La IA se nos presenta como un dios Jano, mostrando dos caras de igual potencia. Por un lado, es el arma preferida de los atacantes: vemos ciberataques mutables, hiperpersonalizados y capaces de vulnerar sistemas en milisegundos a una velocidad que supera cualquier respuesta humana. Más del 75% de las organizaciones globales ya han enfrentado incidentes potenciados por esta tecnología.
Por otro lado, la IA es nuestro escudo más poderoso. Las arquitecturas de nube masiva con IA predictiva y respuesta automatizada permiten detectar anomalías en tiempo real, neutralizando amenazas en la «zona cero» antes de que se apague una turbina o se paralice una red. Las organizaciones que implementan estas tecnologías reducen el tiempo de contención de incidentes hasta en cien días. La velocidad ya no es una ventaja; es una condición de supervivencia.
Esta aceleración se vuelve crítica al observar las llamadas amenazas híbridas. Ya no hablamos solo de filtración de datos o secuestro de información. Enfrentamos ataques coordinados diseñados para causar un impacto físico devastador en activos estratégicos: redes eléctricas, puertos marítimos, telecomunicaciones y sistemas de defensa. El objetivo del ciberataque moderno no es solo extorsionar; es desestabilizar.
En Chile, el debate llega en un momento bisagra. Con la Ley Marco de Ciberseguridad y los Operadores de Importancia Vital (OIV), el país ha dado un paso normativo histórico. Sin embargo, la ley por sí sola no evita un apagón. El mayor riesgo es caer en el «cumplimiento formal»: asumir que estar al día con la norma equivale a estar protegidos. Pasar de la teoría a la preparación operativa real exige construir capacidades de resiliencia para no solo resistir el golpe, sino seguir operando mientras nos defendemos.
Proteger nuestra infraestructura crítica exige entender que la tecnología es el instrumento, pero la gobernanza es el verdadero escudo. Necesitamos un Gobierno de la IA riguroso, estándares de interoperabilidad claros y una colaboración público-privada sin precedentes, donde el Estado y las empresas compartan inteligencia de amenazas sin temor a frenar la operación.
El desafío no se resuelve solo con más algoritmos, sino con visión estratégica y liderazgo para conectar las innovaciones de frontera con el factor humano. Construir un escudo digital no es una simple decisión de inversión: es el compromiso ético de proteger la continuidad de nuestra vida en sociedad.
Por esto, desde Softpower Connections continuaremos impulsando esta conversación al más alto nivel trayendo a Chile en octubre al Dr. Jacob Mendel, referente mundial en ciberseguridad, ex GM en Intel, exdirector en JPMorgan Chase y académico de la Universidad de Tel Aviv. Con más de 20 patentes en ciberseguridad e IA, su visita nos permitirá profundizar en la protección de Smart Grids y en la preparación operativa ante ataques masivos. Construir un escudo digital no es solo una inversión en tecnología: es el compromiso ético de proteger nuestro futuro.