Una reflexión sobre la soledad, el cerebro y la importancia de pertenecer
Por. Dr. Roberto Amon
Estos días me encuentro en Múnich, Alemania, participando en el Congreso Europeo de Neuropsicofarmacología (ECNP), un encuentro internacional que reúne a investigadores y profesionales de la salud mental para presentar los avances más recientes en neurociencias y psiquiatría.
Entre las conferencias que he escuchado, una me resultó especialmente interesante. La neurocientífica Kay Tye presentó investigaciones sobre un concepto fascinante: la homeostasis social, que busca explicar cómo nuestro cerebro regula la necesidad de relacionarnos con otras personas.
Así como nuestro organismo dispone de mecanismos que nos impulsan a buscar alimento cuando tenemos hambre o agua cuando sentimos sed, también existen mecanismos cerebrales que nos motivan a buscar contacto humano cuando experimentamos aislamiento. Podríamos hablar, metafóricamente, de una especie de hambre social.
Pero hay algo todavía más interesante. Los estudios experimentales sugieren que, mientras períodos breves de aislamiento pueden aumentar nuestra motivación para relacionarnos, el aislamiento prolongado puede producir cambios en los circuitos cerebrales y en la conducta que, en determinadas circunstancias, dificultan el acercamiento a los demás. Es decir, la soledad persistente podría terminar dificultando precisamente aquello que necesitamos para superarla: establecer vínculos humanos.
Estos hallazgos, obtenidos principalmente en modelos animales, abren perspectivas interesantes para comprender nuestra conducta social, aunque debemos ser prudentes al trasladarlos directamente a la complejidad de la experiencia humana. Existe, además, una distinción fundamental entre estar solo y sentirse solo.
La soledad elegida puede ser placentera e incluso necesaria para la reflexión, la creatividad y el descanso. En cambio, sentirse solo implica experimentar una distancia dolorosa entre las relaciones que deseamos y aquellas que percibimos que tenemos. Una persona puede vivir sola y sentirse plenamente satisfecha con sus vínculos, mientras otra puede estar rodeada de familiares y amigos y experimentar una profunda desconexión emocional.
Tampoco todos necesitamos la misma cantidad de contacto social. Nuestras expectativas, nuestra personalidad, nuestra historia y nuestra cultura influyen en lo que cada uno considera una relación satisfactoria.
La investigación científica ha encontrado asociaciones entre la soledad persistente y diversos problemas de salud física y mental, incluyendo síntomas depresivos, alteraciones del sueño y un mayor riesgo cardiovascular. La relación es compleja y probablemente bidireccional: la soledad puede contribuir al malestar psicológico, pero determinados problemas de salud mental también pueden favorecer el aislamiento.
Desde mi experiencia clínica como psiquiatra, encuentro especialmente interesante la distancia que a veces existe entre la explicación biológica de una experiencia y su significado para quien la vive. Podemos estudiar los circuitos cerebrales que participan en la necesidad de contacto social, pero esos circuitos no nos explican por sí solos qué significa para una persona perder a su pareja, sentirse rechazada, extrañar a sus hijos o descubrir que ya no encuentra su lugar en el mundo. La neurociencia nos ayuda a comprender los mecanismos que hacen posibles nuestras experiencias. Pero comprender el sufrimiento humano exige también considerar la biografía, las relaciones, el lenguaje y la cultura.
Desde hace casi tres años vivo en Israel, y esta experiencia me ha permitido comprender de una manera nueva cuánto influyen la cultura, el idioma y las relaciones sociales en nuestra sensación de pertenencia. Vivir en otro país implica mucho más que cambiar de residencia. Significa aprender nuevas formas de comunicarse, comprender convenciones sociales diferentes y reconstruir parte de los vínculos que antes formaban nuestro entorno cotidiano. Uno descubre que pertenecer no depende solamente de encontrarse físicamente en un lugar. También requiere sentirse reconocido, comprendido y conectado emocionalmente con quienes nos rodean.
Estas reflexiones adquieren también un significado especial cuando pensamos en la vida judía. Históricamente, la kehilá ha representado un espacio de pertenencia, identidad y apoyo mutuo, donde las relaciones humanas pueden adquirir un significado que trasciende los encuentros cotidianos.
Pero quizás el verdadero valor de una comunidad se manifiesta cuando alguien atraviesa una enfermedad, pierde a un ser querido o simplemente necesita sentirse acompañado.
La tradición judía ha otorgado una importancia especial a prácticas como el bikur jolim, visitar a los enfermos, y el acompañamiento durante el duelo. Son expresiones de una comprensión profundamente humana: en los momentos de mayor vulnerabilidad, la presencia de los demás puede convertirse en una fuente esencial de sostén.
Vivimos, además, en una época de extraordinaria conectividad tecnológica. Podemos comunicarnos instantáneamente con personas situadas a miles de kilómetros y mantener relaciones que antes habrían sido mucho más difíciles de sostener. Sin embargo, estar permanentemente conectados no significa necesariamente sentirnos acompañados. La cantidad de interacciones no siempre refleja la profundidad de nuestros vínculos.
Al salir de aquella conferencia en Múnich, me quedé pensando en lo fascinante que resulta descubrir los mecanismos cerebrales que participan en nuestra necesidad de relacionarnos, pero también en lo mucho que todavía debemos aprender sobre la experiencia subjetiva de la soledad.
Quizás uno de los desafíos más interesantes de la psiquiatría contemporánea sea precisamente integrar estos dos mundos: el conocimiento cada vez más sofisticado del cerebro y la comprensión de la persona que vive, siente e interpreta su existencia.
Porque, finalmente, no estamos hechos para vivir desconectados. Pero aquello que verdaderamente nos conecta no puede medirse solamente contando nuestras interacciones sociales o registrando la actividad de nuestros circuitos cerebrales.
También necesitamos comprender qué significan los demás en nuestras vidas.




