
Por Jennyfer Salvo
La urgencia de recuperar el sentido
Vivimos en una época paradójica: nunca habíamos tenido tantos datos a nuestra disposición y, sin embargo, nunca nos habíamos sentido tan desorientados. Las reglas que durante décadas ordenaron la política, la economía y la vida pública se están reescribiendo a una velocidad vertiginosa, impulsadas por tecnologías que transforman nuestra forma de trabajar y de vivir antes de que logremos siquiera comprenderlas. En este escenario complejo, tal como advierte el filósofo Byung-Chul Han, nuestro mayor problema no es la falta de información, sino una profunda crisis de la narración. La información abunda en nuestro entorno, pero el sentido escasea dramáticamente.
Durante mucho tiempo, el liderazgo fue entendido de manera técnica, visto como la capacidad de planificar, optimizar, organizar y ejecutar. Si bien todas estas habilidades siguen siendo necesarias, han dejado de ser suficientes para los tiempos que corren. Hoy, el verdadero desafío de quienes lideran empresas, gobiernos o comunidades no es solo administrar variables en un territorio conocido, sino aprender a avanzar cuando el mapa simplemente ha desaparecido. Las personas, inmersas en la polarización y la desconfianza, ya no buscan únicamente respuestas; buscan sentido, y el sentido no se impone desde arriba, sino que se construye a través de historias.
Este es el núcleo de una convicción a la que llegué en mi propio recorrido profesional y personal, un camino que me llevó a dejar un trabajo en el sector público para adentrarme en el mundo del emprendimiento. En el año 2019, gracias a la fundación Vital Voices, tuve el enorme regalo de reunirme con un grupo extraordinario de diecisiete mujeres líderes provenientes de quince países distintos. De ellas aprendí que el poder y el liderazgo femenino no nacen de la teoría académica, sino de la experiencia directa y de cargar con decisiones reales. Tras años de convulsiones —la pandemia global, mi divorcio, la partida de mi padre y el crecimiento de mis hijos— mi ruta se volvió más interior. Comprendí que mi camino era el del autoconocimiento y la convicción inquebrantable de que la tecnología debe ponerse al servicio de una vida más humana y consciente.
Fue en este contexto vital donde descubrí la narrativa pública, una metodología desarrollada por el profesor Marshall Ganz. Esta herramienta no busca enseñar a hablar mejor en público ni a decorar mensajes con un storytelling vacío. Por el contrario, la narrativa pública es una práctica profunda que enseña a conectar una historia personal con una historia compartida, para finalmente hacer un llamado urgente a la acción. Nos enseña, en definitiva, a convertir nuestros valores en responsabilidad, y esa responsabilidad en movimiento.
Liderar en la actualidad exige abandonar la idea de que la comunicación es una mera técnica decorativa. Requiere que nos preguntemos con total honestidad quiénes somos (nuestra historia personal), a quiénes nos debemos (nuestra historia compartida) y qué estamos llamados a hacer en este preciso momento (la historia del ahora). Como nos recuerda la antigua sabiduría de Hillel, que resuena hoy con más fuerza que nunca: Si no soy para mí, ¿quién lo será? Si soy solo para mí, ¿qué soy? Si no es ahora, ¿cuándo?
En un mundo cada vez más fragmentado, donde los algoritmos nos encierran en millones de conversaciones paralelas que confirman nuestros propios sesgos, necesitamos con urgencia líderes que no solo movilicen porque saben más, sino porque tienen una visión basada en valores. Necesitamos recuperar la antigua tradición humana de contar historias uniendo la mente, las manos y el corazón para construir juntos un horizonte común.