Rabino Efraim Rosenzweig
(Números 19:1-25:9)
Este shabat leemos dos parshiot, Jukat y Balak. En la primera parashá, Jukat, está relatada la desobediencia de Moshé y Aharón, quienes desperdiciaron una oportunidad para “santificar” el Nombre de D’os en el caso del agua que brotó de una piedra. Esta desobediencia produjo el castigo de Moshé, y le impidió que condujera al pueblo hebreo hasta el final de la conquista de la Tierra Prometida.
Se puede palpar la desilusión de Moshé cuando D’os le instruye que suba al monte desde el cual podrá ver la tierra que no podrá pisar. Morirá y será enterrado en un lugar desconocido para que, tal vez, su sepultura no se convierta en un lugar de peregrinaje y veneración, para que no se confunda al ser humano que alcanzó el mayor nivel de espiritualidad con el Creador, el Ser único y totalmente diferente de todo lo que fue creado.
De acuerdo con Rabenu Jananel, el pecado de Moshé consistió en haber utilizado una expresión que podía crear cierto grado de confusión. Daba la impresión de que quien hizo brotar el agua de la piedra fue Moshé y, por lo tanto, no había sido necesaria la intervención directa de D’os. Otros comentaristas sugieren que el pecado de Moshé consistió en haberse referido a los hebreos como “rebeldes”, calificativo inconsistente con el rol del conductor del destino del Pueblo.
Aparentemente cuando se coloca el comportamiento humano bajo una lupa, se pueden percibir errores, incluso en el caso de un gigante espiritual como Moshé.
La enseñanza bíblica que se desprende es una alerta al cuidado que debe ejercer la persona, sobre todo en el uso del lenguaje, que puede conducir a consecuencias serias e imprevistas.
Otro episodio resaltante de estos capítulos se refiere a las serpientes venenosas que acosaron al pueblo. ¿Cómo se eliminó esta plaga? D’os le instruyó a Moshé que elaborara una serpiente de cobre que debía ser colgada en un poste: todo aquel que elevaba su mirada hacia esta efigie quedaba curado. El Talmud cuestiona la efectividad de una “serpiente de cobre”, porque este hecho entra en conflicto directo con la firme actitud del judaísmo contra la idolatría. La respuesta que se ofrece es que no era la serpiente, en sí misma, la que curaba, sino el mirar hacia arriba. O sea que, al elevarla vista hacia lo celestial, el pueblo reconocía la soberanía de D’os. El castigo de las serpientes venenosas se debió a una falta en este sentido.
Vemos que la cura para la mordida de una serpiente venenosa involucra la representación de otra serpiente. De manera que, el antídoto para la palabra agresiva, por ejemplo, se encuentra probablemente en otra palabra, la palabra cariñosa y afectiva.
Shabat Shalom!