Cuando los datos no alcanzan

Por Jennyfer Salvo

Durante años cultivamos una ilusión: creímos sinceramente que ampliar el acceso a la información fortalecería nuestra ciudadanía, haciéndonos una sociedad más libre, exigente y responsable. Sin embargo, el choque con la realidad ha sido revelador. Hoy vivimos inmersos en una marea inagotable de datos, alertas, noticias y fragmentos sueltos de realidad. Todo está al alcance de la mano, pero esta abundancia no nos ha traído claridad, sino un ruido ensordecedor. La gran paradoja de nuestra época es que nunca habíamos estado tan informados y, simultáneamente, tan profundamente desorientados.

 

Nuestra percepción del mundo está siendo moldeada por algoritmos que no solo distribuyen contenido, sino que nos acercan a aquello que confirma nuestras creencias y nos alejan de lo que podría desafiarlas. Es un ecosistema que premia lo instantáneo, lo escandaloso y lo que divide, castigando la complejidad y los matices de los que está hecha la vida real.  Como bien apunta el filósofo Byung-Chul Han, vivimos una verdadera crisis de la narración. Han establece una distinción vital: la información responde a la pregunta por los hechos y se limita a acumular; la narración, en cambio, responde a qué significa lo que está ocurriendo y ordena esa experiencia. En un mundo saturado de datos, lo que escasea no es el contenido, sino el sentido.

 

Esta desorientación colectiva representa uno de los mayores desafíos para el liderazgo contemporáneo en empresas, gobiernos y organizaciones. Frente a la incertidumbre, las personas no esperan que les arrojemos más estadísticas, reportes financieros o presentaciones interminables. Ya no basta con saber acumular datos ni con poseer destreza técnica para decidir. Hoy hace falta algo mucho más exigente: la capacidad de dar sentido.

 

Dar sentido no es improvisar un discurso vacío ni apelar al carisma. Es nombrar lo que pasa, explicar lo que todavía no entendemos del todo y ofrecer una interpretación capaz de reunir a otros en medio de la confusión. Un ejemplo extraordinario de esto fue la gestión de la ex primera ministra Jacinda Ardern en Nueva Zelanda durante la crisis del COVID-19. Más allá de las medidas sanitarias, su verdadera fuerza fue comunicacional: clara, empática y coherente. No prometió certezas imposibles ni disfrazó la incertidumbre, sino que la hizo inteligible. En momentos de pánico, su capacidad de ordenar la experiencia colectiva demostró valer tanto como cualquier política pública.

 

Liderar en la actualidad exige comprender una diferencia fundamental: informar entrega contenidos, pero movilizar conecta esos contenidos con la identidad, la emoción y la responsabilidad. Los datos nos pueden decir qué está pasando, pero son las historias las que nos ayudan a entender por qué eso importa, qué lugar ocupamos frente al cambio y qué podemos hacer al respecto.

 

Por lo tanto, cuando el mundo se vuelve complejo y la confianza institucional se erosiona, la respuesta no está en las planillas de Excel. La tarea más urgente de quienes lideran hoy no es hablar más fuerte, sino aprender a narrar mejor; no para adornar la realidad, sino para orientarnos y atravesar la incertidumbre juntos.