Bo

By enero 22, 2021 Parashot
22 enero del 2021 / 9 Shvat 5781  

(Éxodo 10:1-13:16)

Este Shabat leemos la parashat Bo. Esta parashá marca las últimas tres plagas que azolaron a Egipto y nos relata la epopeya del Éxodo. Podríamos pensar que las plagas tuvieron como único motivo el castigo al Faraón y sus súbditos. Sin embargo, encontramos por lo menos tres motivos.

 

De manera que las diez plagas que D’os envió tenían un triple propósito: primero, ablandar el “corazón duro” del faraón. Segundo, convencer a los hebreos que valía la pena abandonar la “seguridad” relativa de la esclavitud, por la incertidumbre y el peligro que enfrentarían en el desierto y, por último, lograr que Moshé y Aharón se sintieran cada día más seguros de su liderazgo. No obstante, las dificultades iniciales, tenían que auto convencerse que cualquier esfuerzo y penuria están justificados cuando se trata de la libertad, la posibilidad de regir el destino propio.

 

Cada una de las plagas tenía ese triple propósito, además de la demostración de la debilidad y rendición de los dioses egipcios frente al Ser Supremo; empezando con la primera, que convirtió en sangre las aguas del río Nilo, elemento de adoración egipcia. Esta plaga fue aleccionadora, porque enseñó que el Creador único dominaba toda la naturaleza y no había fuerza que se le pudiera oponer. Y así sucesivamente con las otras plagas, hasta llegar a la décima: la muerte de los primogénitos, que afectó directamente a la corte del faraón. Su primogénito también murió en esa ocasión. La penúltima plaga fue la oscuridad. El sol dejó de alumbrar para los egipcios durante tres días, mientras que los hebreos gozaban de la plenitud de la luz en sus residencias.

 

El Midrash afirma que la oscuridad tenía “espesor”, no permitía movimiento humano alguno: las personas permanecieron “congeladas” en sus respectivos lugares durante ese período. el fenómeno consistió en una especie de membrana que tapó los ojos de los egipcios y, por ello, se vieron envueltos en la oscuridad. No fue el sol el que dejo de alumbrar sino los egipcios dejaron de ver su luz.

 

Se debe deducir que la oscuridad, el equivalente de la ignorancia y la intolerancia, no son resultado de la ausencia de luz en el universo. La desconfianza y el temor por lo desconocido, el odio y el rechazo hacia el prójimo son el producto de la ceguera individual. Cuando se permite que el odio y el resentimiento, la antipatía y la venganza se apoderen del ánimo de la sociedad, se crea una membrana que oculta la luz y permite que aflore la enemistad que conduce a la agresividad.

 

Tal como la libertad que se obtuvo con el éxodo de Egipto tiene que ser renovada en cada generación –y por ello fuimos encomendados a celebrar el Séder y recordar la amargura de la esclavitud–, de igual manera debemos recordar que hay plagas externas que azotan a la Humanidad, pero que las más perversas son las que cultivamos personalmente, las que brotan de la intolerancia y enemistad.

 

No permitamos nunca que la ceguera del odio, la desconfianza y el prejuicio cubran nuestros ojos.

¡Shabat Shalom!